Este es un cuento que hize para un concurso de cuento,de esos que haces en la escuela, espero que les agrade.

Mis padres acostumbran recordar con mucho gusto la época en que yo era pequeño. Por ejemplo, me repiten hasta hacerme enojar que llamaba “frescolares” a los niños del último curso del preescolar de la escuela donde estaba cuando sólo tenía tres años. La verdad yo sí me acuerdo bastante de esa escuela y de ese tiempo en que era muy platicador. Era lo que se dice un “fresco” un pollito fresco muy parlanchín, Miss Lulú decía que era como Denver su loro. Pero no yo no quería parecerme a un pollito, ni a un loro. Quería ser pájaro pero de los grandes, de los que veía en los viajes por carretera, volando solitarios muy alto y con las alas extendidas.

Cada que encontraba sábanas o telas para envolverme hacía como si tuviera alas como las águilas o los gavilanes y volaba y revoloteaba entre el comedor y la sala hasta que me regañaban y retiraban mis alas-capa. Entonces vivíamos en un departamento que estaba en el último piso de un edificio donde todos me conocían, saludaban y hacían la plática aunque fuera un niño pequeño. Supongo que les divertía que un chamaquito inventara tantas cosas. Porque yo inventaba mucho, sobre cualquier tema tenía cosas que opinar. Puros sinsentidos que divertían a los adultos. Decía por ejemplo que tenía nueve vidas como los gatos y que ya se me habían gastado unas dos. También le afirmaba que era mago, que había nacido con la magia en los dedos y en los ojos, que mi papá era mi hijo, de hecho le llamaba “hijo”. Era chistoso, supongo, porque lo decía un niñito flaquito y enfermizo de tres o cuatro años. Todo esto está en mis propios recuerdos porque de algunas de estas cosas, como de mis ganas de ser pájaro ya no se habla en casa.

Nunca se me han quitado las ganas de ser pájaro, bueno, en realidad yo creía y creo que antes de ser humano fui pájaro. Mis gestos a la hora de fijarme en el detalle de alguna cosa, claro, hablo de los movimientos y gestos que hago cuando estoy solo y que son muy parecidos a los de los pájaros, porque muevo la cabeza como si tuviera un ojo a cada lado y no dos enfrente y las manos al tomar algo como si fueran un pico-pinza. Por ejemplo, cuando me miro en el espejo, siempre me pongo de perfil, primero de un lado y luego del otro. Ya no vuelo con sábanas ni capas de mago, pero extiendo los brazos como si tuviera plumas, de hecho, si me concentro bien, siento que tengo plumas y que no puedo pegar bien los brazos a los costados del cuerpo. Sigo sintiéndome pájaro pero procuro que no se me note porque sería un fuerte motivo de burla ¿o de preocupación?, no sé pero me doy cuenta de que el asunto es algo complicado, tanto para mí como para toda la familia. Hace mucho que dejé de ser “frescolar” de ser flaco y platicador. Ahora casi no hablo con nadie, porque cuando lo hago me sale un ruido que parece graznido, mi mamá dice que tengo voz de ganso y eso no me molesta porque los gansos y los patos me caen bien, de hecho me parecería sensacional ser un pato viajero, de esos que atraviesan el mundo nomás por cambiar de clima. Lo que me parecería horrible de ser pájaro es tener el aspecto y el tamaño de esos pájaros café grisáceo que más bien parecen ratones porque no levantan el vuelo ni un metro del suelo. Sí la verdad es que envidio a los patos viajeros. Ni modo, en la vida de humano hay que vivir en una casa, dormir en una habitación que se debe arreglar de cuando en cuando para que no te miren con enojo, también he tenido que hacer amigos, amigos humanos que no hablan como gansos, conseguir una novia, ir a la escuela y comer carne y cosas que consumen los humanos. No siempre me disgusta todo este mundo humano.

Hace mucho que dejé de ser pequeño, flaco y platicador. Papá dice que me volví huraño desde que entré a la primaria, más bien desde que me enseñaron a escribir. Eso puede ser cierto: no me gusta escribir; prefiero dibujar y pintar. Dicen que me salen bien las pinturas donde las cosas se ven como desde el cielo. Hace algunos años nos mudamos de casa. Actualmente duermo en un primer piso, donde todas las ventanas tienen fuertes protecciones y cortinas.